(Nº7) 24/7: trabajo y consumismo non stop

Transformación urbana forzosa

Los barrios dónde habitamos están siempre en constante trasformación. Allí donde vivimos, el espacio y el territorio son terrenos donde se manifiesta una lucha de intereses económicos, políticos y de control. Si vivimos en un sistema que se construye sobre la lógica de obtener beneficios económicos a toda costa, podemos entender como algo tan jugoso como que la calle, sea un terreno donde este sistema despliegue sus intereses de explotación y dominio. La ciudad es un terreno más donde se materializa este conflicto que está directamente relacionado con la explotación en el trabajo, el desplazamiento forzado de la población residente a través de desalojos, desahucios, el control social, la persecución policial, el racismo, la marginación y todo ello, barnizado por una transformación urbana que no es neutral ni inocua ya que viene dirigida y orquestada por los ricos y los poderosos: los bancos, los fondos buitres, las inmobiliarias, multinacionales, políticos, etc.

¿En qué se traduce esto en nuestra vida cotidiana en los barrios? En muchas cosas. Cualquiera que eche un vistazo a unas fotografías de hace unas décadas del lugar en el que habita, podrá apreciar un montón de contrastes entre lo que hicieron que fuera, y lo que están haciendo que sea: barrios perfectamente vigilados, tranquilos, y pacificados, donde la única relación posible este mediada por el consumo, sostenido por una compleja cadena de explotación. El espacio mismo se convierte en mercancía sometida a los cambios de intereses dictados por el mercado inmobiliario. Y en medio, nosotros, los habitantes, que somos población a gestionar por las instituciones, a la que engañar con términos como “recalificaciones” o “renovaciones urbanas”. En Madrid concretamente tenemos la conocida “Operación Chamartín”, una de las operaciones de transformación urbana más ambiciosas de Europa.  EL objetivo es profundizar en la construcción de una imagen suculenta y apropiada de la marca “Madrid” para los inversores, tal y como se analiza en el texto “¿Debemos destruir Madriz como ciudad”, disponible en internet en el siguiente enlace: https://contramadriz.espivblogs.net/2019/04/09/analisis-debemos-destruir-madrid-como-ciudad-marca/).

Esto, bajado a tierra y para hilar más fino, nos lleva plantearnos algunas reflexiones en torno a la idea del comercio 24/7, que empieza a estar cada vez más inserto en nuestras vidas: las aplicaciones de los móviles para pedir comida a cualquier hora, los supermercados abiertos todos los días y todas las horas del año, los sitios de comida rápida que no cierran nunca y toda esta serie de modelos de empresas que empiezan a asentarse, disfrazados de modernidad y del fetiche del progreso, en los que algunos llaman capitalismo 4.0.

Leyes que lo regulan: flexibilidad y libre comercio

Qué Ikea cierre cada vez más tarde o que podamos comprar desde una pizza hasta unos calcetines en el Carrefour 24h a las 3 de la mañana, viene regularizado en la Comunidad de Madrid por dos leyes (ley 1/2008, de 26 de junio, de Modernización del Comercio de la Comunidad de Madrid y ley 12/2012, de 26 de diciembre, de medidas urgentes de liberalización del comercio y de determinados servicios). Estas leyes liberalizaban los horarios de apertura y cierre de comercios. La libertad de empresa, el libre comercio y toda la cantinela liberal de turno. El objetivo y espíritu de estas leyes queda patente en una palabra metida constantemente: la flexibilización. Flexibilizar es el concepto que los economistas y políticos utilizan para decirnos que, en este mundo construido sobre la lógica de la competitividad, hay que adaptarse o morir. Los tiempos que corren, rápidos y de cambios, nos exigen adaptarnos y reinventarnos constantemente. Los intereses del mercado y del consumo son cambiantes y caprichosos. Todo esto no es más que la lógica capitalista que acelera cada vez más sus procesos de explotación y dominio arrasando todo a su paso y nos exige adaptarnos a ello.

El crecimiento económico y la creación de puestos de trabajo es la cantinela de turno que políticos y empresarios nos venden para justificarnos estas nuevas fórmulas de capitalismo 24/7. ¿Por qué no disfrutar de los placeres del consumo sin sentido e irracional en plena madrugada, sin importarnos por la explotación laboral que subyace detrás de todo esto? “Crea riqueza”, nos dirán.  Ha quedado claro en los últimos años, como la liberalización de los horarios beneficia fundamentalmente a las grandes superficies comerciales y al surgimiento de nuevas fórmulas de trabajo especialmente precarizadas: temporalidad, horarios intempestivos, contratación y despidos cíclicos de las plantillas, accidentes y enfermedades laborales y sueldos de miseria. El mundo del trabajo siempre tiene una vuelta de tuerca más en cuanto a empeoramiento y profundización en nuestras condiciones de explotación. Esto es la flexibilización y la liberalización de los horarios: más beneficios para los ricos y más explotación para nosotros.

Una mentalidad

Más allá de las consecuencias para las personas que, empujados por las necesidades impuestas por este sistema, tienen que trabajar bajo estas condiciones, cabría preguntarse qué tipo de mentalidad están intentando construir al hacer del consumo y del intercambio mercantil una única relación tolerada por el sistema.

En primer lugar, nuestros barrios se convierten en inmensos centros comerciales, en terreno de caza de grandes inversores que mercantilizan y encarecen el espacio. Lo desactivan, lo regulan, lo jerarquizan y lo acotan. En segundo lugar, se refuerza una de las falsas premisas de la sociedad neoliberal: la idea de que la libertad es elegir cuándo, cómo y qué comprar dentro de un inmenso catálogo, según patrones de consumo debidamente estudiados por la ciencia del marketing. Y en el otro lado del espejo de la sociedad de consumo, por supuesto, se encuentra la explotación y dominación en otros lugares del mundo, dado que la “abundancia” en occidente se construye a través de un complejo sistema-mundo que diversifica las cuotas de explotación y saqueo en varios lugares del planeta. Además, todo esto es también posible, gracuas de la devastación y el envenenamiento de la tierra que el modelo social y económico del capitalismo han provocado. La mentalidad de la propiedad privada, del tener para ser, que nos hace cómplices de la idea que convierte a nuestros iguales en posibles competidores en el mercado. El individuo aislado y atomizado, convertido en masa.

Por tanto, no se trata solo de luchar contra las consecuencias más directas, antes mencionadas, si no contra una mentalidad de consumo que cada vez arraiga más en nuestras vidas y en nuestra manera de conocer el mundo. Un mundo mediado por la velocidad, los ritmos del progreso, el cambio constante, la adaptación a nuevas condiciones de miseria como premisa, la competitividad, la autoridad, las relaciones frías y banales, el hambre, la guerra, el control social, el racismo, la xenofobia, la pobreza… una mentalidad generada y creada acorde a los intereses del sistema.

Luchas, resistencias y posibilidades

Este panorama tan gris sobre el cual se construyen las ciudades del hoy y del mañana deja, sin embargo, muchos resquicios para la lucha y la posibilidad de plantar cara a los planes de los ricos. Las resistencias se materializan en las luchas contra desalojos y desahucios, en plantar cara en el curro a las condiciones que los empresarios nos imponen. Es a través de los lazos de comunidad, solidaridad y apoyo mutuo, como se vertebran las resistencias. Resistencias que parten de la acción directa, por encima de políticos, jueces y policías, o sea, de los propios implicados.

La ciudad es un escenario donde poder desarrollar diversas iniciativas de resistencia. La okupación es una de las muchas herramientas que tenemos, efectivamente, para plantar cara a los planes de trasformación urbana forzada y a la expulsión. Pero no la única: las huelgas de alquileres, los sabotajes y señalamientos a bancos, mobiliarias o empresas multinacionales, dejan huella de las diferentes formas en las que se libran las luchas en los barrios de Berlín, Hamburgo, Canadá, San Francisco, Atenas, París, Nantes, Madrid, Barcelona, Milán, Londres, Turín, Estambul… Todo está relacionado, desde el lugar dónde habitamos, el sitio en el que nos divertimos, hasta el lugar donde trabajamos. Conectar luchas y resistencia al margen de partidos y sindicatos, en nuestra vida cotidiana es indispensable si queremos recuperar nuestras vidas.

Son muchas las posibilidades de resistencia, así como, las formas que adopta ese Poder a la hora de manifestarse y, el consumismo 24/7, es una forma más pero no es la única.

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