(Nº8) El mundo en revuelta

Las revueltas a lo largo y ancho del globo se han ido propagando, con cada vez más frecuencia e intensidad, especialmente durante el año 2019, pero no unicamente. Algo nos dice que esta situación, lejos de tener señales de parar, va a continuar intensificándose, propagándose y porqué no, contagiándose también.

Un virus recorre el mundo

El virus de la revuelta se expande de país en país, de continente en continente, de ciudad a ciudad y de barrio a barrio. Una situación de caos y descontrol, por un lado, y de deseos de cambio por otro. Un estallido de rabia descontrolado que se escapa, por fin, de los márgenes democráticos en muchas situaciones (a pesar de que las proclamas sí que sean dirigidas a los Estados para que éstos efectúen los cambios que se demandan). Pero a pesar de ello, los métodos, las formas que han adoptado estas protestas y la acumulación de hartazgo de buena parte del mundo, son cuestiones innegables.

La acción directa se deja ver en todas las situaciones activas a día de hoy en dichas revueltas. La violencia como ataque y como autodefensa, comienzan a ser herramientas no cuestionadas y asumidas por buena parte de la población que, incluso reacia a utilizarla con anterioridad, no ha dudado en asumir y apropiarse en situaciones extremas, de conflictos con intervención militar, de Estados Policiales y de democracias cada vez más autoritarias y represivas.

El efecto contagio ha sido, posiblemente, un elemento importante. No será lo determinante seguramente, dado que existen de sobra muchos motivos cotidianos para levantarse y pasar a la acción, pero en un mundo cada vez más globalizado, atomizado y sumido bajo un Capitalismo cada vez más feroz, es importante sentir que no estamos solos cuando decidimos dar un paso adelante para combatir las injusticias.

De norte a sur, de este a oeste

Enero. El presidente de Zimbabue, Emmerson Mnangagwa, anuncia una subida del combustible del 130%, es decir de 1,38 a 3,31 dólares por litro. Se convocaron huelgas generales de varios días y la respuesta del gobierno se saldó con 700 personas detenidas, bloqueo de internet y redes sociales, mujeres violadas por el ejército, alrededor de 15 muertos y más de 150 heridos. En octubre se produce un golpe de Estado.

Febrero. Argelia se echa a la calle para protestar por el posible quinto mandato del presidente Abdelaziz Buteflika. Las protestas se extienden por varias ciudades y tras una gran manifestación estatal y los días de movilizaciones acontecidos, el presidente renuncia. Al repetirse las elecciones por tercera vez (la segunda vez no pudieron celebrarse por ausencia de candidatos), con una participación de menos del 40%, es sustituido el cargo por Nuredin Bedui y posteriormente Abdelaziz Buteflika es detenido junto a más generales de los servicios secretos.

Haití también se levanta contra el gobierno de Jovenel Moïse, a pesar de la terquedad de éste de no dimitir en ningún momento y de dejar a sus espaldas al menos 42 muertos.

Marzo. Distintas convocatorias relacionadas con el Día Internacional de la Mujer y contra el cambio climático se sucedieron en multitud de ciudades del mundo. Desde España, Italia, Francia, Turquía, etc. Dependiendo del lugar, las manifestaciones se sucedieron con más o menos combatividad y con mayor o menor seguimiento.

También las famosas convocatorias en torno al “Friday For Future” aglutinaron a miles de personas de distintos países en torno a demandas contra el cambio climático, con especial participación de jóvenes estudiantes de institutos.

Abril. En Hong Kong se comienzan a suceder las movilizaciones contra la ley de extradición, aunque se intensificaron fuertemente a partir de junio. El gobierno retiró la propuesta de la reforma de ley, pero aun así las protestas continuaron también en torno al posible fin del acuerdo alcanzado entre Reino Unido y China firmado en 1997 en el que se garantiza su independencia judicial y económica. Este acuerdo podría terminar en el 2047.

Julio. Puerto Rico consigue que Ricardo Roselló dimita. El enfado se acentúa cuando se filtran unos chats de Telegram en los que el presidente hacía comentarios homófobos y machistas contra las víctimas del huracán “María” o dirigiéndose en esos términos a mujeres institucionales.

En agosto la gente se levanta en Papúa para protestar contra el racismo y para pedir un referéndum de independencia. Las protestas se suceden tras el arresto de 43 universitarios en Java que recibieron insultos racistas por parte de nacionalistas indonesios. Esta situación ha dejado al menos 30 muertos.

En Honduras la gente protesta contra el presidente Orlando Hernández a raíz de la intención de privatizar los sectores de la salud y la educación. El presidente anuló las medidas, pero las protestas siguieron también a raíz de que su hermano tuviera un juicio por narcotráfico.

Irak se une para protestar por la falta de empleo y contra la corrupción y el gobierno respondió con una brutal represión, saldándose con más de 400 muertos y 2000 heridos.

En Ecuador, el “paquetazo” es el detonante de las protestas. Estas medidas atacaban directamente a los subsidios públicos y también contribuía a un aumento del combustible en un 123%. El gobierno respondió con un toque de queda, Estado de Emergencia y el ejército en la calle.

En Chile, en el mes de octubre, la gota que colma el vaso es el aumento del billete de metro. A principios de octubre, estudiantes convocan manifestaciones y acciones para no pagar el metro. Las protestas se intensifican y son secundadas por la mayoría de la población, con fuertes enfrentamientos con la policía. El gobierno de Piñera decreta el Estado de Emergencia, toque de queda y saca a la calla a los militares. Decenas de muertos, detenidos, desaparecidos y violaciones son el saldo de las medidas represivas del Estado. A día de hoy las protestas continúan, con paros nacionales y miles de personas en las calles a pesar de la retirada del aumento del billete de metro. Tras un tiempo de constantes enfrentamientos en las calles en gran parte de las ciudades de Chile, Piñera anula el Estado de Emergencia y comienza a hablar de una “nueva agenda social” en la que menciona las pensiones, ingresos mínimos, etc. de la mano de una reforma de la constitución que está prevista para abril de 2020. A pesar de las promesas y de dicho proceso constituyente “renovado” (a espera de votación), las protestas continúan.

En Líbano el gobierno intenta imponer un impuesto al WhatsApp y a sus llamadas telefónicas. A pocas horas el gobierno retira la medida, pero el trasfondo de las protestas es la corrupción, los servicios públicos, la pobreza, el empleo, etc. dimitiendo el primer ministro a penas a las dos semanas de movilizaciones.

En Irán el aumento del precio del combustible en un 50% provocó manifestaciones contra el gobierno y también como queja contra la desigualdad social y contra el régimen. El gobierno cortó internet durante 163 horas y ordenó que se pusiera fin a las movilizaciones con todo lo que fuera necesario. El saldo fue de 1.500 muertos.

En Bolivia, tras las elecciones de noviembre, Evo Morales se proclama ganador. La oposición no reconoce el resultado, pidiendo recuento y animando s sus seguidores a manifestarse. Se vuelven a convocar elecciones bajo presión militar y de la oposición y, tras ello, Evo Morales dimite. Se produjo el golpe de Estado y Jeanine Áñez asumió el mando para después convocar elecciones (previstas para comienzos del 2020).

En Malta miles de personas salen a la calle para protestar contra la corrupción y la impunidad gubernamental y detona tras la detención del dueño de una central eléctrica en noviembre relacionado con el asesinado de una periodista hace dos años.

En Colombia se convoca un paro nacional en noviembre contra las medidas educativas, medioambientales, de salud y seguridad. Se encrudecieron cuando matan a Dilan Cruz, un chico de 18 años tras un disparo de un perdigón en la cabeza.

En Francia comenzó un movimiento llamado “chalecos amarillos” a finales del 2018 y desde entonces, no han parado las movilizaciones todos los fines de semana en buena parte del país (con mayor o menos intensidad). A día de hoy ese impulso, sumado a las huelgas generales convocadas y a la involucración de más sectores sociales, hacen que los paros, bloqueos, sabotajes, saqueos y movilizaciones, sean casi constantes en toda Francia. La última conocida, son las manifestaciones y huelgas contra los recortes en las pensiones, a las que Macron ha tenido que ceder de la misma forma que hizo con el impuesto al combustible con el movimiento de los “chalecos amarillos”.

En India surge una oleada de protestas en torno a una enmienda de Ley de Ciudadanía que pretende dar la ciudadanía a las minorías religiosas y dejar fuera a los musulmanes. La respuesta del gobierno fue la restricción del acceso a internet y las movilizaciones se extendieron a las universidades. Un centenar de personas fueron heridas.

En Cataluña se desata uno de los mayores disturbios de la historia de dicho territorio a raíz de una sentencia que ha condenado a los líderes políticos del “procés” a penas de entre 9 y 13 años. Miles de personas se lanzan a la calle por considerarlo un injusto castigo, pero, al mismo tiempo, otra mucha gente simplemente aprovecha la ocasión y el escenario como gota que colma el vaso de una serie de medidas político-sociales, precariedades y situaciones cada vez más insostenibles.

Contextualizando la protesta

Los motivos y detonantes de cada uno de los lugares que mencionamos anteriormente (y los que no están reflejados por falta de información o desconocimiento) son diversos en cada caso. En algunas ocasiones está muy presente el tema de la desigualdad social, la brecha entre pobres y ricos, la cada vez más precaria situación de la gente y los recortes en los ámbitos más básicos de la vida de las personas. Otras, giran en torno a cuestiones que se perciben como injustas, como es el caso de Cataluña y el encarcelamiento de líderes políticos independentistas o el aislamiento de minorías religiosas en India.

A veces se entremezclan clases sociales distintas protestando por cuestiones más o menos comunes (salvando las distancias y las repercusiones que para unos y otros suponen dichas cuestiones, recortes o medidas). Y a veces, estas cuestiones no tienen tanto que ver con los más desfavorecidos.

Pero, quizá lo que sí que tienen en común todas estas situaciones, es una negativa generalizada a no reconocer, en cierta manera, al Estado y las decisiones que éste ejecuta. No tanto por significar una mayor asfixia para la gran mayoría de la población a través de los paquetes de medidas que instauran, si no, porque la gente empieza a sentir que no es partícipe de esas decisiones y que éstas son ejecutadas sin su consentimiento. Al fin y al cabo, aunque no toque de forma explícita al bolsillo (algunas medidas para algunos ya estaban siendo un problema con anterioridad), son  representaciones de una autoridad aún más extrema, de unas democracias mucho más autoritarias que antes y de unos sistemas que se van reformulando y encrudeciendo por momentos. Al final, las leyes, sean las que sean, afectan a los “derechos” y “libertades” de las personas, por lo tanto, sean o no económicas, condicionan la vida y la libertad de movimiento, como por ejemplo en Hong Kong con la Ley de Extradición, el 8M con el reconocimiento de un amplio sector de la población o en las protestas actuales contra el cambio climático en Europa sin un marcado componente de “clase”.

A pesar de esto y de situar el factor común en el principio de la autoridad o del no reconocimiento a las decisiones del Estado, en el fondo de la gran mayoría de situaciones de revueltas actuales, lo que subyace es una lucha en torno a los privilegios de las élites gobernantes, el capitalismo y todo lo que hace que unos estén arriba y otros estén abajo. Se deja entrever una lucha de clases y un hartazgo generalizado a lo que lleva siendo toda una historia de sometimiento de unos pocos hacia la mayoría. Se cuestiona el trabajo, el precio de las cosas más básicas, la educación, los recursos, a la policía, la represión, la austeridad. Las democracias ya no funcionan y el capitalismo, tal y como lo conocemos, está en un proceso de finalización. Los gobiernos, el capitalismo y los Estados se reconfiguran para adaptarse a los nuevos tiempos, a la ausencia de recursos (que ellos mismos han expoliado o agotado con el paso de los años) y bajo este nuevo paradigma, se actualizan también las medidas represivas, de control social y de gobierno.

Es evidente que cada vez vivimos en una mayor precariedad. Ya no es cosa de cierto sector de la población más o menos marginal la posibilidad de ser despedido de un día para otro, ser desahuciado o tener que pedir techo en algún albergue. Empieza a ser bastante común que las necesidades más básicas estén sin cubrir y que se deje entrever una acuciante situación de desesperación e incertidumbre hacia el futuro que nos espera.

Todos estos factores, crean caldos de cultivo con una potencialidad tal de generar conflictos y situaciones de protesta y revueltas como las que estamos presenciando en buena parte del mundo.

La represión

Además, los Estados no van a dudar ni un segundo en encrudecer las medidas represivas cuando la situación lo requiera. Hemos visto ejércitos en las calles desde hace bastantes años en territorios como América Latina. En algunas partes de Europa se comienza a imitar ese modelo bajo pretextos como Estados de Emergencia más o menos permanentes, supuestas amenazas terroristas, enemigos internos, refuerzo de la seguridad, etc.

En países como Francia o Italia, militares patrullan las calles de algunas ciudades. No porque haya ocurrido nada, si no porque es un transito a la normalización de esta situación bajo las excusas anteriormente citadas. Poco a poco, se irán quedando y poco a poco iremos interiorizando que haya una presencia policial exacerbada y militares paseando por los barrios.

De todo esto, habla un plan de la OTAN que se llama “Urban Operación in the year 2020”, en el que se narra un plan estudiado hace más de 10 años a través del cual se instaura como fecha de referente el año 2020 como momento en el que las medidas represivas y la presencia militar y policial se pueda ver incrementada de forma visible. ¿Por qué? Pues porque a través de sus informes, mencionaban desde hace ya muchos años, que las condiciones de vida cada vez más inasumibles, iban a detonar en levantamientos, insurrecciones y revueltas. Y a la vista está que equivocados no estaban, por ello, se adelantan y se preparan para lo que pueda venir y asumen un agotamiento y un punto de inflexión en el sistema en el que vivimos.

Ya en febrero de 2010 se publicó un real decreto ( REAL DECRETO 194/2010, DE 26 DE FEBRERO) que a nivel legislativo abre el camino en el Estado español para la militarización del territorio. Este decreto es muy preocupante por la elevación a rango de autoridad civil de los militares, que en cualquier situación comprometida podría salir a la calle a patrullar. La situación que se creó con la crisis de los controladores aéreos en el año 2010, podría considerarse como una avanzadilla. El real decreto se encuentra en este enlace: https://www.boe.es/boe/dias/2010/03/15/pdfs/BOE-A-2010-4219.pdf

También existe un libro llamado “Ejércitos en las calles” que resume y analiza el informe de la OTAN. Se puede descargar en este enlace: https://translationcollective.files.wordpress.com/2010/05/ejercitos_en_las_calles.pdf

Más allá de la protesta

En situaciones de caos y de revuelta, parece que las cosas fluyen por sí solas. La rabia y el hartazgo hacen de motor en estas situaciones. La autoorganización y la acción directa, nunca antes asumidas por muchas personas, son herramientas imprescindibles para que dicha protesta prospere. De no ser así, no tendría el componente de tensión que están adoptando las protestas en la actualidad. La violencia se ejerce como algo necesario, no se cuestiona y el pacifismo instaurado en las mentes más reaccionarias y demócratas, va perdiendo peso por momentos. Y es que, resulta que el pacifismo es un privilegio cuando te están matando, cuando te están secuestrando, cuando te echan de tu casa, cuando no tienes para comer.

Lo difícil de todo esto, no es tanto el momento cálido de revuelta, sino el momento en el que todo eso decae y tenemos que enfrentarnos a nuevas formas de vida y de autoorganización, alejadas de todas esas instituciones que queremos eliminar. Lo complicado surge cuando tenemos que decidir cómo y con quién queremos vivir, como queremos abastecer nuestras necesidades más básicas y es así cuando pasamos de la protesta a la lucha.

Y aquí, ¿para cuándo?

Los contextos de lucha son muy distintos de un lugar a otro. En unos, la chispa que enciende la motivación para salir a la calle, no necesita ser muy grande o escandalosa porque tienen trayectorias de lucha y de protesta mucho más normalizadas que en otros.

El motivo por el cual aquí todavía no se ha producido un efecto contagio a pesar del evidente empeoramiento de las condiciones de vida de la mayoría de las personas que vivimos en este país, es posiblemente por la “reciente” democracia en la que vivimos que hace que se mire hacia el pasado con cierto miedo a poder caer en situaciones parecidas. Después de la dictadura y de la farsa de la transición, se vendió la democracia como paz, bienestar, normalidad, trabajo, libertad.

Está claro que no es así y que tras esos lemas se ocultaba un pacto de transacción y de blanqueo de cargos y autoridades políticas para poder llamarlo democracia. Pero en cambio, a pesar de ser más o menos conscientes de ello, en la memoria colectiva de buena parte de la población (especialmente de las generaciones más veteranas, porque las nuevas muchas veces ni conocen y ni saben en qué consistía vivir en dictadura o en cierta convulsión social), pervive un lógico pero paralizante miedo a romper con los cuatro cambios instaurados a raíz de la democracia.

No sabemos cuándo podría ocurrir algo así, no sabemos si será por algo sutil, por un acontecimiento más destacable, o por agotamiento de la población. La supervivencia en las ciudades está siendo una dura batalla diaria y el ser humano tiene una capacidad increíble de adaptarse a cambios y situaciones nuevas. Está en nuestra naturaleza, podemos vivir en un piso de 25 metros cuadrados si nos lo imponen, podemos pagar 400 euros por una habitación, podemos trabajar 12h o podemos cobrar 700 euros por una jornada de 8h. También podemos ser desahuciados y buscar refugio en albergues o en los colchones familiares todavía existentes (para aquellos que los tienen). Podemos seguir pagando aumentos de carburante y parquímetros en nuestros barrios. Podemos no quejarnos y asumir multas sin sentido que solo ayudan a recaudar y especular a los gobiernos, podemos no poder pagar medicamentos o tratamientos sin que pase nada. También podemos soportar la histeria colectiva y los brotes psiquiátricos que esta vida de abismo nos hace tener. Podemos compaginar nuestra vida de trabajo-familia-casa a través de jornadas interminables con consecuencias físicas y mentales durante años. Podemos normalizar el estrés, los suicidios y el frenetismo de esta vida impuesta bajo la amenaza de no encajar, de no tener, de no ser.

Y es que, tras la increíble capacidad del ser humano de sobrevivir y de no morirse de frío y hambre, existe una delgada línea hacia la sumisión. Que nos busquemos la vida para seguir adelante y no morir en el intento, no es excusa para no rebelarnos contra aquello que nos está oprimiendo.

Esperamos que se contagie la revuelta, que el sometimiento a una vida de miseria termine y estalle la rabia, la solidaridad entre iguales y las ganas de construir una nueva forma de entender la vida. Porque esto que nos han impuesto, no es vivir.

Si no eres tú, ¿quién? Si no es ahora, ¿cuándo?

 

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