(Nº2) Tecnología, control social y relaciones humanas

La ciencia y la tencología, no escapan de la lógica capitalista y trabajan en beneficio del poder, algo que nos da que pensar a cerca de su presunta neutralidad. El cada vez mayor control social al que “voluntariamente” nos sometemos, tiene un claro propósito para sus creadores.

El mundo tecnológico

Es imposible hoy en día imaginarnos el mun­do en el que vivimos sin pensar en cientos de imágenes en las que Internet, los SmartPhones, Kindle, Tablets y demás aparatos tecnológicos vengan a nuestra cabeza. No sin razón, pues estas nuevas herra­mientas median cada vez en más aspectos de nuestra vida. Pero, ¿son realmente las nuevas tecnologías una herra­mienta liberadora?

Las tecnologías en nuestras relaciones

¿Cuántas veces consultamos el móvil a lo largo del día? ¿Seríamos capaces de vivir sin teléfono? Cada vez más, nos hemos vuelto dependientes del Smartphone, llegán­dolo a consultar en 2018 una media de 150 veces al día, dedicándole una media de 3 horas y 23 minutos en Es­paña. Y es que, hasta un 30 % de personas que utilizan a diario el móvil aseguran tener ansiedad cuando no lo tienen cerca.

Whatsapp, Facebook, Instagram, Tinder… Cada vez hay más posibilidades de relacionarse con las personas de nuestro entorno (físico o virtual) gracias al uso de internet. Sin embargo, cada vez más, las relaciones que antes se daban de manera natural en cualquier espacio común (parques, plazas, mercados), están disminuyendo notablemente. ¿Se están convirtiendo estas nuevas for­mas de relación en las únicas posibles?

Estas herramientas que nos permiten conectarnos con lo que tenemos más lejos, nos alejan al mismo tiempo del mundo que tenemos frente a nosotros. ¿Cuántas veces vemos, que, estando en un grupo de amigos, varias perso­nas estén mirando a la vez el móvil? ¿Con qué frecuencia preguntamos a alguien por una calle, o consultamos un mapa en lugar de utilizar nuestro teléfono? ¿Cuánto tiem­po llevamos sin dormir con el móvil en la mesilla?

La tecnología transforma, construye y media en las rela­ciones que tenemos con nuestro entorno (urbano en la ma­yoría de los casos) o incluso en nuestras relaciones laborales.

¿Podemos negar que si alguien tomará la determina­ción de no utilizar ciertas herramientas que nos ofrecen las nuevas tecnologías (Internet, Smartphone, Redes So­ciales…), le sería sumamente difícil vivir en sociedad? Cuando no, acabaría abocado a una muerte por inani­ción tecnológica. Dejaríamos de formar parte de las comu­nidades de búsqueda activa de empleo, de las comunidades virtuales donde se desarrollan las nuevas relaciones sociales (escaparates en algunos casos de nuestras salidas, estados de ánimo, gente con la que nos relacionamos, parejas, hijos). Tendríamos grandes dificultades para relacionarnos con las instituciones (relaciones además de obligado cumpli­miento) cada vez que necesitáramos realizar cualquier tipo de gestión que implique relacionamos con nuestro medio habitual: la ciudad. Y a medida que las tecnologías siguen avanzando, en un contexto tecno industrial, los espacios que habitábamos se reconfiguran para adaptarse al desarrollo de éstas, en lugar de hacerlo en una medida que mantuviera un equilibrio con nuestro entorno. Desde la adecuación de las calles a la circulación de vehículos hasta la construcción de un mundo paralelo en el que se desarrolle la realidad. Nues­tro entorno nos va definiendo y dibujando cómo y cuándo podemos habitar los sitios donde vivimos.

Las ciudades inteligentes

Con el discurso centrado en la eficiencia y la gestión de los recursos y medios con los que cuenta el medio ur­bano, la Smart City viene a “solucionar” los problemas a los que tienen que atender las ciudades: ineficiencia, sostenibilidad, gestión de los recursos públicos… a costa de desatender otros problemas que se quedan completa­mente fuera de su discurso: marginación, conflictividad social, pobreza, gentrificación.

Pero no nos engañemos, detrás de toda esta paraferna­lia en la que se ampara la Smart City hay unos intereses económicos que atienden a las grandes consultoras, los estados de turno y empresas de las tecnologías de la in­formación que mueven cantidades desorbitadas de dinero.

Pese a que las inversiones que realizan los gigantes en este sector se diluye en la infinidad de grupos empresa­riales que los componen, los líderes indiscutibles de esta vanguardia tecnológica son IBM (anunciando más de 2000 proyectos ya en 2011) y CISCO (con una inversión de más de 825 millones de euros en un único programa para impulsar las Ciudades Inteligentes en 2017)

La cuestión de los datos

No se puede pensar en Ciudad Inteligente sin pensar en un tratamiento masivo de datos: hábitos de consumo, gustos culturales, trayectos habituales… Cada vez más, cualquier cosa que realizamos en nuestras vidas es reco­gido, analizado y ofrecido al servicio de sistemas como el “Big Data” para que distintas simulaciones, con la eje­cución de algoritmos y programas informáticos, sean ca­paces de interpretarlos en pos de ofrecernos después los servicios más personalizados, eficientes, seguros, etc.

La principal fuente de recolección de datos proviene de las aplicaciones de geolocalización, que monitorizan en tiempo real movimientos y dinámicas sociales que los “usuarios” comparten desde sus dispositivos.

En la Comunidad Valenciana, por ejemplo, en el ba­rrio El Pau Gumbau de Castellón, se monitorizan todos los servicios públicos a través 25 sensores repartidos en diferentes espacios con el objetivo de optimizar su uso y mejorar su eficiencia. De esta manera nos presentan la re­copilación de datos a través de técnicas como el Big Data.

Todo esto, claro, es muy bonito. Pero no debemos ol­vidar que detrás de todos estos discursos y prácticas que condicionan nuestras vidas cada día más, hay empresas que ofrecen estos servicios y estados que las conducen al mejor campo de la experimentación en el que desarrollar y aplicar estas nuevas tecnologías: el medio urbano.

La decisión de qué datos recoger y cuáles ignorar no se deja al azar. Es una elección de carácter ideológico, polí­tico y económico que condiciona los posibles resultados buscando el máximo beneficio económico y de paso, un mayor control poblacional. Ilustrativo es el caso del ne­gocio de la videovigilancia, que en los últimos tiempos está experimentando un crecimiento enorme.

A cada paso que cedamos espacios personales e in­formación, hábitos de conducta que registren nuestro comportamiento dentro de las ciudades estaremos ofre­ciendo información que generará patrones en nuestros comportamientos que definan una separación entre una actuación normal y otra anormal dentro de una ciudad. Y en última instancia, una conducta permitida y una res­puesta posible ante situaciones concretas.

¿Puede ser la tecnología una herramienta liberadora?

Constantemente se nos plantean las nuevas tecnolo­gías, o La Tecnología en sí misma, como el vehículo que conducirá a la sociedad a la liberación de cualquiera de las opresiones que sufre hoy en día. No se habla de que es el desarrollo mismo de la propia sociedad tecnológica la que construye el mundo material donde esas opresiones son posibles.

La tecnología es la que introdujo el sistema de turnos en las fábricas en las que, hasta aquel momento, se tenían que adaptar a los ritmos biológicos de los trabajadores. La tecnología es la que desarrolla los coches que asfixia al mundo en sus nocividades, la que impone como único medio de relación con nuestros entornos el que se reali­za a través de aparatos electrónicos y regula la vida aho­gándola en un mar de administración burocrática. En definitiva, la totalidad de productos que genera y condi­ciona nuestras posibilidades de vivir (regulando desde la satisfacción de nuestras necesidades hasta la manera de comportarnos).

Una tecnología que se pretende liberadora, pese a que desde su definición y fabricación está concebida median­te unos casos de uso que limitan la actuación y la trans­formación que puede tener en el mundo, para los únicos para la que ha sido construida. Dejando impreso en su proceso de fabricación las únicas respuestas que pode­mos conseguir utilizando la tecnología en su más amplio abanico de posibilidades. Y cada vez más en su desarrollo y construcción del mundo, pasamos a ser sujetos consu­midores de tecnología, intercambiables unos por otros, sin importar quién utilice qué aparato.

Con cada parcela de autonomía que cedemos al uso de las nuevas tecnologías para resolver o satisfacer necesida­des básicas, perdemos por el camino la capacidad de afron­tar conflictos o resolver problemas por nosotros mismos.

En su uso y aceptación perdemos la posibilidad de experimentar el mundo. Y el aprendizaje se reduce a leer un manual de instrucciones.

Para ir reflexionando

¿Debemos entonces plantearnos hacia donde nos lleva este camino? ¿Es preferible vivir un mundo que cada vez nos desposee más de las herramientas para solucionar nuestros problemas a uno en el que recuperarlas y volver a tomar las riendas de nuestras vidas? ¿Debemos seguir ob­viando las causas materiales del desastre ecológico y social necesario para desarrollar nuestra sociedad tecnológica? ¿Aceptamos sin más estas nuevas formas de relación en las que cada vez cabe menos la espontaneidad y la naturalidad y se impone la inmediatez y la superficialidad?

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