(Nº1) Lavapiés fuego amigo: la tragedia de morir perseguido por la policía

Mame Mbaye, senegalés de 35 años, sufrió un infarto que acabó con su vida el pasado 15 de marzo en Lavapiés. Venía huyendo desde Sol de un control policial, como cada día les ocurre a tantos inmigrantes sin papeles. ¿Muerte? ¿Asesinato de Estado?

El escenario previo: redadas y gentrificación

Lavapiés es un barrio con mucha población mi­grante en el que todos los días se producen re­dadas racistas. El fuerte hostigamiento policial al que son sometidas estas personas hace que no sea ex­traño presenciar persecuciones y agresiones a distintas horas del día y de manera habitual. La mayoría de los objetivos policiales son manteros, lateros y gente que trata de sobrevivir con el peso de la clandestinidad y el hostigamiento diarios. El objetivo: detenerles, llevarles a un C.I.E., deportarles.

Desde hace algo más de 6 años, el barrio sufre un fuer­te proceso de gentrificación que puede ayudar a com­prender por qué han aumentado los controles racistas en este tiempo, sobretodo y según comentan las propias personas afectadas, desde que Ahora Madrid está en el Ayuntamiento.

La gentrificación es un proceso por el cual el barrio se pone a disposición del turismo y de las grandes empresas inmobiliarias y especuladoras con el afán de revalorizar el suelo y todo lo que en él se alberga para ofrecer un mejor servicio al turismo (consumidores con dinero) y a los empresarios (especuladores con dinero). Las con­secuencias de ello son un considerable aumento de la presencia policial, instalación de múltiples cámaras de video-vigilancia (a parte de las ya existentes), refuerzo de las redadas racistas por parte de la policía municipal (la policía “del cambio”), aumento de los alquileres, incre­mento de negocios de hostelería enfocados en el turismo y colateralmente y de forma muy sutil, está la existencia de los narco-pisos, algo que resulta el comienzo de lo que supondrá una excusa para acabar con la okupación, para poder adueñarse de los pisos desalojados con el propó­sito de vincular el tráfico de drogas con la okupación y especular con dichos inmuebles para poder continuar generando los conocidos pisos turísticos con los que tan­tas empresas se están lucrando.

¿Qué paso el jueves 15 de marzo?

Mame Mbaye iba corriendo desde Sol hasta Lavapiés huyendo de un control policial. Al llegar a la calle del Oso, se desploma en el suelo inconsciente y varios de sus com­pañeros que se encontraban allí (y que permanecieron en el lugar en todo momento), comenzaron a tener una ten­sa situación con la policía. Tras un rato de discusión, co­mienzan a increpar a la policía para intentar sobrepasar el cordón y mostrar su rabia y enfado ante lo ocurrido.

Ya se había avisado por algunas redes que se estaba produciendo nuevamente una redada racista y que se pedía solidaridad, por eso cuando se producen los pri­meros enfrentamientos alrededor de las 19-20h de la tarde, varias personas solidarias se habían acercado a la zona para mostrar apoyo. Los enfrentamientos se torna­ron en una pequeña revuelta espontánea que se extendió durante algunas horas de la noche en la que no cesaron los disturbios con pelotazos de goma, quema de conte­nedores y demás material inmobiliario. En el trascurso de la revuelta se suceden 6 detenciones y una persona es hospitalizada con un traumatismo en la cabeza a causa de un fuerte porrazo. Todos se encuentran en libertad a día de hoy. En este video difundido por internet se ve el momento de la agresión: https://www.youtube.com/ watch?v=BtDeg9nhL1Y&feature=share

Las horas siguientes

El viernes 16 por la mañana el cónsul de Senegal se pre­sentó en el barrio para tratar de tener una reunión con los senegaleses pero algunos opinaban que la visita llegaba tarde y otros que no querían la presencia de políticos, por lo que el cónsul tuvo que refugiarse en un bar mientras va­rias decenas de personas trataban de golpearle. La policía cargó contra quienes protestaban y terminó escoltando al cónsul hasta la salida en coche oficial.

En la tarde de ese mismo día, se convocó una multitu­dinaria concentración en la Plaza de Nelson Mandela. El homenaje y la acción de protesta terminaron sin ningún incidente tras leer algún comunicado y guardar un mi­nuto de silencio. La estrategia del Ayuntamiento de que en ningún momento se mostrara presencia policial, pudo ser la causante de que esa tarde no se convirtiera en una nueva jornada de revuelta.

La excusa de la “multiculturalidad”

El barrio de Lavapiés resulta ser un espacio para al­bergar las distintas etnias y culturas de manera natural por el flujo de la migración que ahí se produce y por las asociaciones que han hecho entre sí las propias perso­nas. La mercantilización del barrio dentro del proceso de gentrificación que atraviesa (y antes de que éste se pro­dujera más notablemente), ha servido para crear lo que prácticamente parece un escenario donde poder vender Lavapiés al turismo como algo “progre” y “alternativo”. La variedad de culturas, de establecimientos con comida y ropa diversa, los murales y grafitis por todas sus paredes y la cesión de espacios para albergar la “cultura disidente” (pero cedido por el Ayuntamiento y controlado, al fin y al cabo), hacen que todo esté perfectamente diseñado para atraer al turismo y a un perfil determinado de personas.

¿Racismo institucional o cuestión de clase?

Al Estado no le interesa un migrante pobre, cuanto me­nos ilegal, que le suponga un coste añadido si no se trata de alguien que pueda explotar y utilizar para su beneficio como mano de obra barata o como “sujeto” para aprove­charse de él (el sujeto migrante del que hablábamos antes). Hasta cumplimentar estos “cupos”, se “permite” la llega­da y legalización de personas en pro de su beneficio (y de paso se lava la cara ante el señalamiento que se hace desde las luchas anti-racistas) aunque no sin antes teniendo que superar difíciles trabas y burocracias administrativas.

Para el Estado, la raza queda en un segundo plano si hablamos de personas que vienen a España y ocupan puestos de poder en la administración de algún gobierno (como el cónsul de Senegal que fue escoltado mientras los demás senegaleses eran golpeados). Tampoco si tienen un inmueble de más de medio millón de euros el cual les pro­porciona directamente el derecho a trabajar y a vivir, de la misma forma que dicho privilegio (“visado de residencia para inversores extracomunitarios”) concede esos derechos también a quienes invierten en deuda pública, fondos de inversión o sociedades de Capital así como a los represen­tantes que los inversores quieran designar y sus familiares. La inversión, permite que, en un futuro y pasado el plazo de residencia legal previo, el inversor pueda solicitar la na­cionalidad española aunque se respalden en que el motivo será haber residido legalmente en España el plazo previo y no el hecho de la inversión.

El Estado y el ciudadano español medio con un cierto sentimiento “patriota” no piensan en racismo en estos su­puestos ni tampoco se le viene a la cabeza el racismo cuan­do ve a su futbolista favorito por la tele, sea de donde sea.

El elemento común que tienen todos estos ejemplos: el dinero y la posición social que ocupan.

Otro asesinato de Estado más

Las muertes en la valla de Melilla, las que se producen en mitad del océano, aquellas que se dan en el contexto de la invasión de un país o las que ocurren tras una larga persecución por una redada policial son todas ellas or­denadas por el Estado y ejecutadas por sus policías, sus militares, sus guardias civiles. Que en el contexto de una redada racista una persona muera de un infarto, no pue­de considerarse muerte natural. Que Mame y tantas otras personas migrantes tengan que soportar a diario el estrés y la ansiedad que supone el hecho de que en cualquier momento pueden ser golpeados, detenidos y expulsados, no puede ser algo natural.

La alcaldesa Manuela Carmena efectuó estas declara­ciones hace algunos días:

“Quiero que sepáis que el Ayuntamiento escuchará siempre todas las expresiones pacíficas. No puede repetirse ningún tipo de violencia como la que anoche sufrieron ve­cinos y servidores públicos. Lavapiés quiere seguir siendo un barrio donde la convivencia siempre es ejemplar”

Lo que no sabemos es a qué tipo de violencia se refiere, si a la ejercida por los antidisturbios en las manifesta­ciones, a las de la policía municipal cuando hacen reda­das racistas a diario, a la violencia que obliga a muchas personas que ni siquiera se enmarcan en ninguna de sus esferas sociales que les arrastra a la mendicidad y mar­ginación por no poder acceder a las necesidades básicas o a la brutalidad policial con la que respondió su policía el jueves 15 de marzo. Quizá se refiera a la violencia que obliga a muchos vecinos a abandonar Lavapiés porque su negocio con las inmobiliarias hace que no puedan per­manecer ahí y pagar el precio del alquiler. ¿A cuál de to­das estas violencias se referirá Manuela Carmena?

Que se extienda la revuelta

Lo más violento de todo fue volver a la normalidad y ver como apenas un día después del asesinato de Mame, Lavapiés proseguía su curso normal. Si bien es cierto que puede respirarse un ambiente distinto y que lo ocurri­do días atrás puede ser un antes y un después en cuanto a la solidaridad, el apoyo muto y la rabia acumulada se refiere, resulta preocupante que dicha rabia pueda ser ca­nalizada por asociaciones democráticas y partidos de la izquierda con el objetivo de encauzar, una vez más, todo el descontento, hacer propaganda partidista y desviar las ganas de generar una lucha que rompa con la normali­dad y la paz social.

Esperamos de verdad que esto pueda sentar un prece­dente y que no se dejen en manos de políticos y pacifi­cadores las decisiones y el rumbo de este conflicto, por­que cualquier cambio que se efectúe desde dentro de los márgenes legales siempre será un parche, un lavado de cara, una forma de calmar la alarma social. El Estado no va a abrir las fronteras, siempre hará que sigan existien­do personas “legales” y personas “ilegales” y por tanto “migrantes buenos” y “migrantes malos”. Evitemos que se formen divisiones y busquemos la solidaridad y el apoyo fuera de las leyes, porque ningún ser humano puede ser catalogado como ilegal ni tampoco como legal. No so­mos una categoría, ni un número, ni un producto.

Que no importe más la quema de unos contenedo­res que la vida de las personas. Que continúe la rabia.

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